La historia del ojo izquierdo

Narrative voice in a cassette, photographs, videos, paper eyes, objects and texts.
Variable dimensions

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ENES

“You can’t see but what you watch”
Maurice Merleau-Ponty

One thing is to treasure objects (books, antiques, art words, stamps) and another very different thing is to collect gazes. Something similar is what Marco Montiel-Soto proposes with his “History of the left eye”, suggesting with its title an idea that has nothing to do with politics and everything to do with a biographical circumstance associated with an acccident he suffered, hurting his own left eye.

Since then, the artist has collected and accumulated all kinds of color eyes, belonging to adults and children, men and women, eyes gentle and severe, light, grey and dark, lonely, paired or grouped. Upon occasion, the work becomes a constellation of vigilant eyes, piled up in no particular order, shaping into images that could be recognized. For instance, the threesome of eyes –two above, one below– reminds us of a face with an optical mouth that opens gluttonously to confirm that we can ‘eat with sight’.

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This gaze catalogue is configured in a heterogenous manner, with eyes removed from their owner’s visage, as if with this emptying their substance were uprooted. If in Leonardo Da Vinci’s perceptive studies “eyes are the windows to the soul”, in Montiel-Soto vision is an auto-referential mechanism that only represents itself. Although the eye lets itself be seen while looking, it’s not possible to discern in its gestures what individual is behind them, because no one is there. In reality, this accumulation of literally unorbited glancing eyes, with no morphological or organic grip, is signed with an anxious paradox: the blindness of the seer, obstructed by the vertiginous depth of the visible and denied of the possibility to establish any certainty about what is in front of them.

That ocular fail is also the symptom of an emotional malfunction, if we take into account the popular saying: far from eyes, far from heart. But how could a body-less organ –a gaze without subject– be conscious of what makes it hungry or agitated? How to descifre the remote cause of this glimmering obscurity?

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Further away from the speculative kindness that is in these works, the medular question that pushes them is to “show vision”, even when “the gaze in itself is invisible”. A wink or blink, for example, are appointed to the alphabet of human behaviours, prefixing a shared pattern of legibility. The world is a jungle of codes and signs where one must act with reciprocity (an eye for an eye), tolerance (pity eyes), gratitude (you don’t look a gifted horse in the mouth) or generosity (do good to all alike).

The show looks over an ample registry of mediums, from photography to video and voice recordings, objects and writings. With this repertoire Montiel-Soto constructs a singular tale of vision, splattered with metaphorical allusions. The artist operates as a surgeon, selecting fragments from fashion magazines, ads, arts and politicas, to restructure them into a space with no coordenates whatsoever. Here we have no all-knowing eye, but a handful of gazes, each of which is immerse in its own drama. From the specular roundness of a retina, the unity of the world is broken and the pretension of all-encompassing vision is broken with one single stroke of sight. In this sense, Montiel-Soto warns us that nothing –neither eyesight nor visible reality– is reductible to one sole point of view.

Caracas, November 2010

Félix Suazo

Maurice Merleau-Ponty. El ojo y el espíritu. Ediciones Paidos, Buenes Aires, 1986
WJT.  Mitchell. Mostrando el ver: una crítica de la cultura visual. Revista de Estudios Visuales #1, noviembre de 2003 p. 18

 

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“No se ve sino lo que se mira”
Maurice Merleau-Ponty

Una cosa es atesorar objetos (libros, antigüedades, obras de arte, estampillas) y otra muy distinta coleccionar miradas. Algo similar a esto último es lo que propone Marco Montiel-Soto con su exposición “La historia del ojo izquierdo”, sugerente título que no tiene nada que ver con cierto lado del espectro ideológico, sino con una circunstancia biográfica asociada con un percance patológico sufrido en  uno de sus propios órganos visuales.

Desde entonces, el artista ha recolectado y acumulado ojos de todos los tipos y colores: de adultos y jóvenes, de hombres y mujeres; ojos de aspecto apacible o severo, claros, grises y oscuros; solos, en pares o en grupos. En ocasiones se trata de verdaderas constelaciones de ojos vigilantes, amontonados aleatoriamente o formando imágenes reconocibles como en el caso de aquel trío de ojos – dos arriba y uno abajo- que recuerdan un rostro cuya “boca ocular” se entreabre golosamente, acaso para confirmar  aquello de comer con la vista.

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La_historia_del_ojo izquierdo13Ese catálogo de miradas se configura de manera heterogénea,  con ojos extirpados del rostro de sus dueños como si con este vaciamiento se estuviera arrancando aquello que es sustancial en el sujeto.  Si en los estudios perceptivos de Leonardo Da Vinci “los ojos son las ventanas del alma”, en Montiel-Soto la visión es un mecanismo auto referencial que sólo se representa a sí mismo. Si bien el ojo se deja ver mientras mira, no es posible vislumbrar en sus ademanes al individuo que está detrás porque allí no hay nadie. En realidad, esta acumulación de miradas que están literalmente fuera de sus respectivas orbitas, sin asidero orgánico ni morfológico, lleva el signo angustiado de una paradoja: la ceguera del vidente, obnubilado con la vertiginosidad de lo visible y, por ello mismo, imposibilitado de asir alguna certeza de aquello que tiene enfrente.

Esa falla ocular es también el síntoma de una disfuncionalidad emotiva, si se tiene en cuenta la sentencia popular que advierte: ojos que no ven, corazón que no siente. Pero ¿Cómo podría un órgano sin cuerpo – una mirada sin sujeto-  dar razón de las apetencias y desdenes que la agitan? ¿Cómo descifrar la causa recóndita de tales destellos y opacidades?

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Más allá de las bondades especulativas que hay en estos trabajos, la cuestión medular que los impulsa es “mostrar la visión”, aún cuando “la mirada es en si misma invisible” .  Un guiño o pestañazo, por ejemplo, están adscritos al alfabeto de los comportamientos  humanos, prefigurando un patrón de legibilidad compartido.  A fin de cuentas, el mundo es una jungla de signos codificados, donde uno debe actuar con reciprocidad (ojo por ojo),  con tolerancia (con ojos de piedad), con gratitud (a caballo regala’o no se le mira el colmillo) o con desprendimiento (haz bien y no mires a quien).

La muestra recorre un amplio registro de medios que van de la fotografía al video, pasando por grabaciones de su voz, objetos y el uso de elementos escriturales. Con este repertorio, Montiel-Soto construye su propio relato de la visión, salpicado de alusiones metafóricas. El artista opera como un cirujano, seleccionando fragmentos de revistas de moda, publicidad, arte y política, para luego reubicarlos en un espacio sin coordenadas.
Aquí no hay un ojo omnisciente o absoluto, sino un racimo de miradas, cada una de las cuales está inmersa en su propio drama. Desde la redondez especular de la retina, se rompe la unidad del mundo y caduca la pretensión de abarcarlo todo con una ojeada o con un simple golpe de vista. En tal sentido, Montiel-Soto nos advierte que nada –ni la visión ni las cosas – es reductible a un único punto de vista.

Caracas, Noviembre de 2010

Félix Suazo

Maurice Merleau-Ponty. El ojo y el espíritu. Ediciones Paidos, Buenes Aires, 1986
WJT.  Mitchell. Mostrando el ver: una crítica de la cultura visual. Revista de Estudios Visuales #1, noviembre de 2003 p. 18

 

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