Distanz ohne Guayabo

“Estás viendo que el chango esta chiflado, y todavía le das maracas”

Proverbio

¿Qué sucede cuando un poeta vive fuera de su terruño, y la nostalgia se convierte en su realidad? Las palabras, objetos y sonidos se transforman en manifiesto, ayudándole así a construir su entorno (o su viaje) bajo un permanente ritual de identificación histórica.

Lo que nos presenta Marco Montiel-Soto en su nueva exhibición en Kinderhook & Caracas, en Berlín, es un ritual dislocado al ritmo de dos maracas. El artista deja a un lado la metáfora del turista (desarrollada en su muestra para Galería D21), para transformarse en un antropólogo de su propio origen, develándonos secretos, perversidades contemporáneas, distorsiones y, por supuesto, nostalgias.

Vegetales: vivos, secos, húmedos, muertos y re-ordenados nos enfrentan de manera precaria al entrar al pequeño espacio de la galería, un espacio que invita a la intimidad con los objetos pero también con una especie de incertidumbre al dialogar con polaroids y postales antiguas, dándonos cuenta de un tiempo y espacio foráneo y pasado. Una nostalgia perversa, un sacrificio vegetal contemporáneo. El chinchorro elevado, despojado de su propósito, es el primero en develar que detrás de toda esta distribución hay un mensaje de dislocación territorial. Tal como cita el artista en uno de los textos seleccionados para complementar la exhibición:

Ay Ay Ay que Guayabo

coco radicante/portable Caribbean/tropical longing

melancholic papelon/homesick palms/shredded coconut utopia

desert island/raindance/eternal summer/la corriente de Humboldt

Tenía el cuatro en el chinchorro/Rascao me le acosté arriba

El segundo elemento revelador es un libro abierto, montado sobre un atril de partituras musicales. Una de las páginas nos muestra un niño Waika desnudo mirando hacia la cámara con pudor, cubriéndose su rostro. El niño Waika ya no es un niño. Uriji jami! (como se titula esta pieza) ha muerto. El Occidente le ha inyectado el pudor y la vergüenza de ser un “natural”. Y, agresivamente, trata de enmendarlo con elementos fabricados por y para el hombre blanco. Un giño a los Repair de Kader Attia, pero extrapolado hacia el contexto latino-americano.

El manifiesto se valida una vez que Montiel-Soto decide citar a Alexander von Humboldt, personaje quien mejor representa históricamente al contexto contemporáneo berlinés donde se pone en escena esta muestra. La relación de Humboldt con los Guahibos se pone de manifiesto en la anécdota sobre un loro, la cual se convierte en tradición:

“Una tradición circula entre los Guahibos, que los Atures bélicos, perseguidos por los Caribes, huyeron a las rocas que se levantan en medio de las grandes cataratas, y allí, esta nación antes tan numerosa, se extinguió gradualmente, así como su lenguaje . Las últimas familias de los Atures aún existían en 1767, en tiempos del Gili misionero. En el período de nuestro viaje, un viejo loro se presentó en Maipures, donde sus habitantes se relacionaron, y el hecho es digno de observación, ya que ‘ellos no entendían lo que decía, porque hablaba la lengua de los Atures’” [sic]

-extracto traducido de Personal Narrative of Travels to the Equinoctial Regions of the New Continent During the Years 1799-1804, Alexander von Humboldt [Volume 5, p. 620]

La tercera obra que nos trae a nuestros tiempos contiene elementos anecdóticos, consecuentes con la propia mirada externa hacia el territorio de origen del artista, la cual se detiene en contraposiciones políticas y culturales como resultado del desarrollo de Venezuela en los últimos años bajo líneas socialistas y antiimperialistas. El Pato Donald en Caimare Chico es un video que el artista realizo en colaboración con su amigo Carlos Gomez, el video nos muestra el ritmo tropical de un personaje vestido de Pato Donald, animando a familias enteras en la playa de Caimare Chico, transformada en una especie de auto-stop. Marco explica: “Caimare Chico es una playa popular cerca de Maracaibo, las personas estacionan los autos frente a la playa para poder escuchar la música mientras se bañan y hacen competencia para demostrar qué equipo de sonido suena mas duro. Al final de la tarde la marea comienza a subir, pero todos están tan borrachos que no saben como escapar de la playa, algunos autos son tragados por el mar, suenan las cornetas, las sirenas y todos enloquecen mientras el sol aprieta. El pato Donald aparece para animar el circo, mientras deambula y toma cerveza, se toma fotos polaroids con los niños y se las trata de vender a sus padres.”

El video se muestra en un pequeño cubículo al que se debe acceder por una empinada y no muy segura escalera de madera, provocando directamente al espectador a probar sus habilidades físicas en merced de su curiosidad. Una vez arriba, El Pato Donald en Caimare Chico nos parece un material casi sacado de un programa de televisión local, con algunos efectos digitales propios de shows masivos televisivos. Colocados a propósito o no, los efectos sobran. El brillo del sol tropical y los elementos que se presentan en el recorrido de la cámara en constante movimiento mostrando el circo playero son suficientes para abrumarnos, logrando alienarnos precisamente con la absurda locura.

Michelle-Marie Letelier, 2013